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El Problema del Mal: Victoria del Teísmo

José Rafael Gutierrez

José Rafael Gutierrez

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El Problema del Mal: Victoria del Teísmo

El "problema del mal" se presenta como la objeción más fuerte contra Dios. Bien examinado, resulta lo contrario: una prueba indirecta de Su existencia. Sin estándar moral objetivo, la queja se evapora; con estándar moral objetivo, ya hay teísmo en el cuarto. Este artículo recorre la objeción de Epicuro a Mackie, la respuesta del libre albedrío, la doctrina de la Caída cósmica como explicación del mal natural, y la cruz como respuesta de Dios al sufrimiento real.

El Problema del Mal: Victoria del Teísmo

Si Dios es todopoderoso, podría eliminar el mal. Si es bueno, querría hacerlo. Sin embargo el mal continúa. Conclusión obligada: Dios no puede, o no quiere, o no existe.

Así formuló Epicuro la objeción hacia el año 300 a.C. Así la repitió David Hume en sus Diálogos sobre la Religión Natural (1779), por boca del personaje Filo. Y así la convirtió John Mackie en silogismo académico en su artículo "Evil and Omnipotence" (Mind, 1955), que durante una generación entera se enseñó en facultades de filosofía como la prueba más sólida contra el teísmo.

La objeción tiene veintitrés siglos. La objeción tiene fuerza. La objeción merece respuesta.

Pero antes de responderla, conviene mirarla con calma. Porque el argumento contra Dios contiene, dentro de su propia estructura, una afirmación que el ateo rara vez examina. Y esa afirmación, si se examina hasta el fondo, lo deja sin terreno donde plantar la queja.

Este artículo pretende sostener una tesis incómoda para el escéptico moderno y, al mismo tiempo, liberadora para el creyente que sufre: el problema del mal no refuta a Dios. Lo presupone. Quien levanta el grito "¡esto no debería pasar!" está invocando, sin saberlo, la misma cosmovisión que niega.

Vamos por partes.

I. La objeción en su forma más fuerte

Hay una manera barata de discutir con el ateo, y consiste en derribar caricaturas. Te la voy a ahorrar. Voy a presentar el problema del mal en la formulación más exigente que la filosofía ha producido, porque sólo una respuesta capaz de soportar la versión fuerte del argumento merece ser pronunciada.

Mackie lo planteó así (parafraseo): las tres proposiciones siguientes forman un trío incompatible.

  1. Dios es todopoderoso.

  2. Dios es perfectamente bueno.

  3. El mal existe.

Si las dos primeras son verdaderas, la tercera no debería serlo. Si la tercera es verdadera (y es), una de las dos primeras debe caer. El cristianismo, según Mackie, sostiene las tres a la vez, y por tanto se contradice.

Hume había llegado a la misma encrucijada con un golpe retórico que aún resuena: "¿Está dispuesto a impedir el mal, pero no puede? Entonces es impotente. ¿Puede, pero no quiere? Entonces es malévolo. ¿Puede y quiere? ¿De dónde sale, entonces, el mal?".

Toma en serio la fuerza de esto. No la diluyas. Un niño con leucemia, una mujer violada en una guerra, un terremoto que sepulta un orfanato: ningún sermón evasivo cura esa pregunta. Y el cristiano que finge que la pregunta no existe, o que existe pero no duele, traiciona la honestidad intelectual que la fe exige (1 Pedro 3:15 ordena dar respuesta razonada, no consigna emocional).

Bien. La objeción está sobre la mesa, en su filo más afilado. Ahora vamos a desarmarla.

II. La premisa que el argumento no declara

Mira de nuevo la tercera proposición: "el mal existe". Detente ahí. ¿Qué significa, exactamente, que el mal existe?

Para que la objeción contra Dios funcione como objeción, esa palabra "mal" tiene que apuntar a algo objetivamente real. Si "mal" significa apenas "lo que a mí no me gusta", el argumento se desinfla en el acto: claro que en el universo hay cosas que a la gente no le gustan, pero eso no fuerza ninguna conclusión teológica. Las preferencias subjetivas no exigen explicación cósmica. Si yo detesto el cilantro, nadie escribe un tratado preguntando por qué Dios permite el cilantro.

La objeción cobra peso sólo cuando "mal" significa algo más fuerte: que ciertas acciones y ciertos estados del mundo son intrínsecamente malos, con independencia de lo que cualquiera opine. El holocausto fue malo aunque los nazis lo aplaudieran. La tortura del inocente es mala aunque toda una cultura la celebre. El asesinato del débil por el fuerte es malo aunque a Nietzsche le pareciera meritorio. Eso es el mal objetivo, y sin esa categoría la objeción de Mackie no se sostiene.

Aquí viene el problema para el ateo: el mal objetivo no es un mueble suelto que se pueda colocar en cualquier cosmovisión. Tiene presupuestos. Y los presupuestos del mal objetivo son, paso por paso, los presupuestos del teísmo.

Para que el mal sea objetivamente real, debe existir un estándar objetivo de bien. Para que ese estándar sea vinculante (es decir, para que tenga autoridad sobre quien lo viola), debe trascender las preferencias humanas. Para trascender las preferencias humanas, debe estar anclado en una realidad superior a lo humano. Esa realidad superior, personal, moralmente perfecta y normativa, tiene un nombre antiguo: Dios.

El ateo intentará escapar de esta cadena por varias salidas. Conviene examinarlas.

Salida del relativismo cultural: "el bien y el mal son convenciones de cada sociedad". Quien sostiene esto debe aceptar, en buena lógica, que la sociedad nazi no hizo nada malo al exterminar judíos, dado que su convención cultural lo permitía. Aceptar eso es renunciar a la indignación moral; rechazarlo es renunciar al relativismo cultural. No hay tercera opción.

Salida de la moral evolutiva: "el sentido del bien y del mal evolucionó porque favorece la cooperación y la supervivencia del grupo". El argumento describe (con discutible solidez empírica) cómo creemos lo que creemos, pero deja sin tocar la pregunta normativa. Que algo haya evolucionado por presiones de selección no le confiere ninguna autoridad moral. Las plumas evolucionaron y sirven para volar; eso no hace que sea "incorrecto" arrancarlas. La evolución, en el mejor de los casos, explica el origen psicológico del juicio moral, jamás su validez objetiva. Reducir lo segundo a lo primero es la falacia naturalista que David Hume mismo (irónicamente) denunció.

Salida del contrato social: "el bien y el mal surgen de acuerdos racionales para vivir juntos". Esta posición confunde legalidad con moralidad. La esclavitud fue legal en Estados Unidos durante siglos por contrato social explícito. ¿Era moralmente buena entonces? Si decimos sí, el contractualismo se quiebra ante el sentido común. Si decimos no, admitimos un estándar superior al contrato (que es exactamente el punto teísta).

Cada salida materialista para fundar la moral termina o aboliendo la moral o suponiéndola sin fundamento. Y una moral sin fundamento, predicada como si lo tuviera, es precisamente la operación que los presuposicionalistas llaman "tomar prestado del Dios que se niega".

C.S. Lewis lo dijo mejor que nadie en Mero Cristianismo: "Mi argumento contra Dios fue que el universo me parecía cruel e injusto. Pero, ¿de dónde había sacado yo esa idea de justo e injusto? Un hombre no llama torcida a una línea a menos que tenga alguna idea de lo que es una línea recta".

Antes incluso de discutir libre albedrío, antes de mencionar la Caída, antes de abrir Romanos 8, ya hemos ganado algo decisivo: la queja contra Dios pide prestada, para sostenerse en pie, la categoría moral que sólo Dios fundamenta.

III. Sin Dios, el "mal" se evapora

El materialismo metafísico, llevado a sus consecuencias, no puede ofrecer mal objetivo. Lo digo sin caricatura, citando a sus propios voceros.

Richard Dawkins escribió en River Out of Eden (1995) una de las frases más honestas que el ateísmo contemporáneo ha producido: "El universo que observamos tiene precisamente las propiedades que esperaríamos si en el fondo no hubiera diseño, ni propósito, ni mal, ni bien, nada salvo una indiferencia ciega y cruel". Léelo dos veces. Dawkins reconoce que en el ateísmo consecuente no hay mal. Sólo hay procesos.

Friedrich Nietzsche, con la lucidez del que sí extrae conclusiones, dedicó Más allá del bien y del mal (1886) a desmontar las categorías morales judeocristianas, llamándolas "moral de esclavos". Si Dios ha muerto, sostuvo, también muere el suelo donde la moral occidental cultivaba sus juicios. El "superhombre" encarna, en su pluma, la figura que asume hasta el final lo que la "muerte de Dios" implica. Quien lo lea como villano caprichoso lo lee mal.

Fiódor Dostoievski, mirando ese precipicio desde el lado opuesto, hizo decir a Iván Karamázov la sentencia que la posteridad atribuye a su autor: "Si Dios no existe, todo está permitido". Quien lea esa sentencia como sloganeo de pastor evangélico, la lee mal. Funciona como lectura filosófica rigurosa.

El ateo contemporáneo medio, sin embargo, se rehúsa a vivir en ese desierto. Dawkins denuncia el "mal" del fundamentalismo religioso. Sam Harris escribe libros llamando "malo" al sufrimiento gratuito. Christopher Hitchens calificó al cristianismo de "moralmente envenenador". Toda esa retórica usa, de cabo a rabo, la palabra "mal" en su sentido objetivo, cargado, normativo.

¿De dónde la sacan? La toman prestada del cristianismo que pretenden refutar. La levantan, blanden, golpean con ella, y luego niegan la fuente que se la entregó.

El truco metodológico tiene nombre técnico en filosofía: moral parasitism. El parasitismo moral consiste en negar el huésped del que se vive. Y un argumento que sólo se sostiene parasitando lo que niega es un argumento que ya está derrotado en su gramática.

IV. Dos males distintos, dos preguntas distintas

Antes de avanzar, conviene una distinción que la mayoría de los debates ignora y que, ignorada, condena la conversación a la confusión.

Hay mal moral: el daño causado por elecciones humanas libres. Asesinato, robo, traición, violación, genocidio. Aquí la causa eficiente es una voluntad creada que decide rebelarse contra la voluntad del Creador.

Hay mal natural: el sufrimiento causado por procesos del mundo físico. Terremotos, cáncer, huracanes, malformaciones congénitas, ahogamientos. Aquí no hay (al menos, no de modo inmediato) una voluntad humana culpable; hay un orden cósmico que daña al inocente.

Las dos categorías exigen explicaciones distintas, y la respuesta cristiana no las confunde. El mal moral se trata desde la doctrina del libre albedrío. El mal natural se trata desde la doctrina de la Caída cósmica. Mezclarlas en un mismo argumento, como hacen muchos apologistas apurados, debilita ambos frentes.

Vamos primero por el mal moral.

V. El mal moral y el riesgo del amor

Dios pudo haber creado autómatas. Pudo haber poblado el cosmos con seres que ejecutaran el bien por programación, sin posibilidad de desviarse, sin capacidad de elegir lo contrario. Habría sido un universo sin un solo asesinato, sin una sola mentira, sin una sola traición.

Habría sido, también, un universo sin amor.

El amor (el amor genuino, no la simulación neuroquímica que lo imita) requiere la posibilidad de su contrario. Un programa que dice "te amo" porque no puede decir otra cosa apenas ejecuta una rutina. Un cónyuge incapaz de infidelidad funciona como mecanismo confiable, lejos de ser una persona fiel. Y el creyente sin posibilidad de blasfemia emite sonidos religiosos donde no hay adoración. La libertad de hacer el mal es el precio inevitable de la libertad de amar.

Alvin Plantinga formalizó esta intuición clásica en su Free Will Defense (God, Freedom, and Evil, 1974). Su argumento, en versión llana: un mundo con criaturas moralmente libres es intrínsecamente más valioso que un mundo poblado de marionetas, aunque la libertad implique la posibilidad real de elegir mal. Dios, al crear seres libres, asumió que esos seres podían rebelarse. Y se rebelaron.

El Génesis lo cuenta sin metáforas innecesarias. Dios pone al hombre en el huerto, le da un mandamiento, y le otorga la capacidad de obedecer o desobedecer. Adán elige desobedecer. Y desde esa elección singular, todo el peso del mal moral entra en la historia humana (Romanos 5:12).

Aquí el escéptico suele responder con una variante elegante: "muy bien, libre albedrío; pero ¿no podía Dios habernos hecho de tal manera que siempre eligiéramos libremente el bien?". Esa es la objeción de Mackie, y merece tratamiento aparte.

VI. La objeción de Mackie y su límite

En "Evil and Omnipotence", Mackie concedió la importancia del libre albedrío para el cristiano y, en el mismo movimiento, intentó neutralizarla. Su pregunta fue: si Dios es omnipotente, ¿no podía haber actualizado un mundo donde criaturas genuinamente libres siempre eligieran el bien? Si la respuesta es sí, entonces el libre albedrío no excusa la presencia del mal moral, porque Dios pudo tener libertad sin mal. Si la respuesta es no, entonces Dios no es realmente omnipotente.

Mackie creía que había acorralado al teísta. No fue así.

Plantinga respondió con una distinción técnica que aquí simplifico sin traicionarla. La omnipotencia divina no significa la capacidad de hacer cualquier cosa que se pueda enunciar gramaticalmente. Dios no puede crear un círculo cuadrado, no puede hacer que el pasado no haya ocurrido, no puede pecar, no puede mentir (Tito 1:2). La omnipotencia divina opera dentro de la lógica, no contra ella, porque la lógica refleja al Logos eterno (Juan 1:1).

¿Es lógicamente posible un mundo donde criaturas libres jamás elijan mal? Esa es la pregunta. Plantinga argumentó que un mundo así es posible, sí, pero su actualización no depende sólo de Dios. Depende también de las elecciones libres de las criaturas. Y si las criaturas son genuinamente libres, Dios no puede garantizar que elegirán bien sin invadir esa misma libertad. Dios puede ofrecer el mejor escenario imaginable; no puede forzar el resultado sin convertir a las criaturas en marionetas.

Imagínalo en clave doméstica. Un padre puede educar al hijo, mostrarle modelos correctos, advertirle, rogarle, ofrecerle todo lo necesario para que viva bien. Lo que no puede hacer (sin convertirlo en un robot) es asegurar el resultado. Si el hijo, libremente, elige despeñarse, esa elección no demuestra incompetencia paterna. Demuestra que la libertad es real. Multiplica esto por toda la humanidad, a lo largo de miles de generaciones, y tendrás el cuadro del mal moral en la historia.

Plantinga llevó el análisis un paso más lejos con un concepto que llamó "depravación transmundial": es posible que cualquier criatura genuinamente libre que Dios pudiera crear, en cualquier mundo posible que Dios pudiera actualizar, terminara por pecar al menos una vez. No porque la libertad esté determinada hacia el mal, sino porque la libertad incluye, por definición, la capacidad real de fallar, y la combinación de tantas decisiones libres a lo largo del tiempo hace estadísticamente esperable, casi inevitable, que el fallo se produzca. La idea es contraintuitiva pero rigurosa, y desactiva el reproche de Mackie en el plano lógico que le interesaba.

La salida de Mackie supone, sin notarlo, una omnipotencia que se devora a sí misma. Pide a Dios que cree seres libres y, simultáneamente, que predetermine sus elecciones. Pide círculos cuadrados.

Hay además una ironía adicional que el ateo prefiere no examinar: en su propia cosmovisión, el libre albedrío es indefendible. Si todo proceso humano se reduce a química cerebral determinista, ni siquiera el ateo está "eligiendo" su ateísmo. Está siendo determinado por reacciones moleculares. Lo cual convierte el debate entero en una batalla de fluidos electroquímicos, no de razones. Y deshace, de paso, cualquier reproche moral contra el creyente.

La defensa del libre albedrío resiste. El mal moral encuentra explicación coherente: criaturas hechas para el amor decidieron, y deciden, romperlo.

VII. El mal natural y la maldición sobre la creación

Queda el frente más doloroso: el mal natural. ¿Por qué un niño nace con el corazón al revés? ¿Por qué un tsunami arrasa una aldea en domingo? ¿Por qué el cáncer? Aquí no hay villano humano al que culpar. Aquí parece reinar un orden cósmico cruel.

La respuesta cristiana, sostenida desde el creacionismo de Tierra Joven con coherencia textual, se llama Caída cósmica. Y exige una lectura del Génesis que el evangelicalismo blando ha intentado abandonar, con consecuencias apologéticas devastadoras.

Génesis 1:31 dice que Dios miró todo lo que había hecho y "era bueno en gran manera". No bueno con asteriscos, no bueno aproximadamente, no bueno en el sentido vago de "funcional". Era bueno en gran manera. La creación original no contenía muerte, ni dolor, ni desastres, ni enfermedad. Adán comió frutas, no carne (Génesis 1:29-30). Los animales no se devoraban entre sí. La tierra producía sin espinos. El parto no causaba sufrimiento. El trabajo no era penoso.

Entonces Adán pecó. Y la consecuencia no se limitó a su alma. Génesis 3:17-19 registra una maldición que se extiende sobre la tierra misma: "Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida; espinos y cardos te producirá... con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra; porque polvo eres, y al polvo volverás".

El pecado humano introdujo una corrupción que afectó la estructura física del cosmos. Pablo lo confirmó milenios después: "Sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora" (Romanos 8:22). La creación entera está sujeta a vanidad, sostiene Pablo, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó (Romanos 8:20).

La doctrina implica algo que la teología neoevangélica con frecuencia rehúye: no había muerte antes de la Caída. Ni humana, ni animal. La muerte entró como intrusa, como castigo, como el "salario del pecado" (Romanos 6:23). La postura tiene implicaciones cosmológicas que el creacionismo de Tierra Joven asume con honestidad y que la teología del compromiso prefiere esquivar a cualquier costo.

Si concedes la cronología darwinista (millones de años de muerte, predación, enfermedad, antes de la aparición del hombre), la Caída deja de explicar el mal natural. La muerte ya estaba ahí cuando Adán llegó a escena. El Génesis se vuelve fábula, Pablo se vuelve ingenuo, y la cruz, lógicamente, deja de tener un mal cósmico que reparar. La capitulación a la cronología materialista derriba en silencio toda la doctrina del pecado y la redención. Llamarla "ajuste prudente" es maquillaje.

Detente en este punto, porque su importancia se subestima. Pablo construyó toda su teología del pecado y la salvación sobre un Adán histórico cuya rebelión introdujo la muerte en la creación. "Como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte" (Romanos 5:12). "Por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos" (1 Corintios 15:21). Si la muerte ya operaba durante millones de años antes de Adán (en huesos de dinosaurios, en fósiles de helechos, en cadáveres de mamíferos prehumanos), entonces Pablo afirma una falsedad evidente. Y un Pablo equivocado en la premisa antropológica de su evangelio no puede ser inspirado.

Quien acepta la cronología evolucionista mientras profesa el cristianismo se ha tragado una contradicción que tarde o temprano fermenta. No fermenta en el converso entusiasta de la primera generación. Fermenta en sus hijos, que aprenden a tratar el Génesis como mito edificante y, por inferencia razonable, terminan tratando del mismo modo la resurrección. La estadística de las últimas tres décadas en denominaciones que abrazaron el "evolución teísta" lo confirma sin matices.

Concédete un momento para nombrar la cosa con su nombre. Si Dios contempló un cosmos donde la muerte ya operaba durante eras geológicas, donde tumores ya devoraban tejidos vivos, donde predadores ya destrozaban presas, donde parásitos ya se alimentaban de criaturas inocentes, y luego dictaminó que todo aquello era "bueno en gran manera" (Génesis 1:31), entonces Dios calificó como bueno lo que el resto de Su propia Escritura llama enemigo (1 Corintios 15:26). Llamó vida a la muerte. Llamó orden a la corrupción. Eso, leído sin eufemismos, alcanza el rango de blasfemia teológica. La evolución teísta opera, por mucho que se vista de conciliación prudente, como atribución a Dios de un juicio moral falso sobre Su propia creación. Llamarla "ajuste académico inofensivo" trivializa lo que en realidad funciona como agravio contra la veracidad divina.

La postura del creacionismo de Tierra Joven sostiene la coherencia: una Caída histórica produce un mal natural histórico, y la redención cósmica prometida en Romanos 8 y Apocalipsis 21 es la reversión real de ese mal histórico. Quitar el primer eslabón es romper la cadena entera.

El cristiano coherente sostiene la lectura llana: una creación originalmente perfecta, una Caída histórica que la corrompió, una maldición que sigue operando en cada terremoto y cada tumor, y una restauración prometida donde "no habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor" (Apocalipsis 21:4). El mal natural no fue parte del diseño. Es intrusión, parásito, herida.

Y aquí cabe una observación que el escéptico suele pasar por alto: si el mal natural es intrusión, eso explica algo que el materialismo no puede explicar. Explica por qué la muerte nos parece mal. El darwinismo coherente debería celebrar la muerte (es el motor mismo de la selección natural). Pero no la celebramos. La sentimos como ofensa, como ruptura, como cosa que no debería ser. Ese sentimiento universal traiciona el dato bíblico: hay un eco del Edén original en la indignación moral del corazón humano.

VIII. La objeción del "demasiado"

El escéptico astuto cambia entonces de táctica. "Concedo libre albedrío, concedo Caída. Pero hay demasiado mal. Hay demasiado sufrimiento gratuito. Un Dios bueno habría limitado la corrupción a niveles soportables. Lo que vemos excede toda función pedagógica posible".

La objeción es seria. Pide respuesta seria.

Empiezo por una pregunta epistemológica que el ateo casi nunca contesta: ¿desde qué privilegiada altura observa él el panorama cósmico, calcula la suma total de bienes y males, y concluye que el saldo excede lo justificable?

Para juzgar que el sufrimiento del mundo supera lo que cualquier propósito divino podría redimir, hace falta una omnisciencia que el ateo no posee y, en su propia cosmovisión, no puede poseer. Habría que conocer el efecto último de cada acto, el destino eterno de cada alma, el papel de cada dolor en una economía moral que abarca galaxias y siglos. El ateo está, literalmente, midiendo el océano con un dedal y declarando que está demasiado lleno.

El argumento del "exceso" supone, sin demostrarlo, que el ateo tiene acceso a la perspectiva divina (la perspectiva que él mismo niega que exista). Otra vez: el argumento contra Dios sólo funciona si presupone capacidades que sólo Dios podría conferir.

William Rowe, filósofo ateo serio, refinó la objeción bajo el nombre de "argumento evidencial del mal". Su ejemplo clásico, que merece tratamiento honesto: imagínate un cervatillo atrapado en un incendio forestal, herido, agonizando lentamente durante días, sin ningún ser humano que lo presencie y aprenda algo de su sufrimiento. Ese dolor (sostuvo Rowe) parece "gratuito": no produce ningún bien moral discernible. Si existe siquiera un caso de mal gratuito en el universo, el Dios cristiano queda refutado, porque un Dios bueno y omnipotente no permitiría sufrimiento sin propósito.

La fuerza emocional del ejemplo es real. La fuerza lógica es menor de lo que parece.

Primero, "parece gratuito" no equivale a "es gratuito". El sufrimiento del cervatillo puede formar parte de equilibrios ecológicos, advertencias morales para los humanos que conocen del incendio, lecciones cósmicas que no podemos desentrañar desde nuestra ignorancia limitada. La afirmación "no hay propósito" exige conocimiento exhaustivo del entramado causal del cosmos. Rowe no lo tiene.

Segundo, el argumento prueba demasiado. Si la presencia de mal aparentemente gratuito refuta a Dios, también refuta cualquier orden inteligente del cosmos: la lluvia que cae en el océano "parece gratuita", la energía estelar que se disipa en el vacío "parece gratuita", el oxígeno que respiran los criminales "parece gratuito". El criterio del "parece sin propósito" no distingue entre lo realmente sin propósito y lo cuyo propósito ignoramos.

Tercero, el ejemplo del cervatillo presupone, sin admitirlo, que el sufrimiento animal es moralmente significativo. Pero en una cosmovisión materialista, ¿por qué habría de serlo? El cervatillo es bioquímica caminante, según el ateo. Sus dolores son descargas neuronales sin valor cósmico. La indignación moral que el ejemplo busca despertar pide prestada, otra vez, la categoría de dignidad que sólo el teísmo justifica (Génesis 1 reconoce a los animales como creación valiosa de Dios, mucho más que el materialismo).

El ataque "evidencial" cae en el mismo barranco que el ataque "lógico" de Mackie: necesita supuestos teístas para sostener una conclusión antiteísta.

Romanos 8:28 entra aquí, y conviene leerlo bien. "Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien". El versículo no dice que todas las cosas son buenas; dice que todas, incluso las terribles, son tejidas por Dios para un fin bueno en quienes están en Él. La lectura sentimentaloide convierte el versículo en consigna de calcomanía. La lectura honesta lo presenta como afirmación cosmológica: Dios gobierna el sufrimiento, lo orquesta, lo redime. No lo elimina aún (eso vendrá), pero ningún dolor se desperdicia.

El punto teológico conviene afirmarlo sin rodeos: la ignorancia humana sobre el fin último de cada sufrimiento no equivale a ausencia de fin. Que el ateo no vea el propósito no demuestra que no haya propósito. Demuestra, simplemente, que es un ateo.

José vendido por sus hermanos pasó trece años de injusticia (Génesis 37-50). Vista en el momento, la trama era atrocidad pura. Vista al final, José pudo decir: "Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien" (Génesis 50:20). El sufrimiento no fue ilusorio; fue real, prolongado, injusto. Pero el guion era más largo que el capítulo en el que José estaba atrapado.

Quien acusa a Dios de "demasiado" mal escribe la reseña antes de leer el libro.

IX. Para el que sufre de verdad

Cambio el tono aquí. Lo que viene se dirige al creyente cuyo dolor es real, lejos del escéptico que ataca a Dios desde la comodidad de su sillón filosófico. Y la pregunta del creyente sufriente nunca es académica.

A ti que perdiste un hijo. A ti que enterraste a tu cónyuge antes de tiempo. A ti que vives con una enfermedad que no se va. A ti que oraste y oraste y el cielo pareció de bronce. La defensa filosófica del libre albedrío no apaga ese fuego. Lo sé. Y la Biblia lo sabe.

Job perdió todo en un día. Hijos, ganado, salud, honra. Sus tres amigos teólogos le ofrecieron cuarenta y dos capítulos de explicaciones impecables, y todas fueron equivocadas (Job 42:7). Cuando finalmente Dios habló, no le entregó a Job un argumento. No le dio razones. Le dio Su presencia. Job 38-41 es uno de los pasajes más sorprendentes de la Escritura: Dios responde al sufrimiento humano no con teodicea, sino con una pregunta. "¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?". Y Job, al final, dice: "De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven" (Job 42:5).

Toma nota de un detalle a menudo pasado por alto: Job nunca recibe la información sobre la apuesta entre Dios y Satanás del primer capítulo. Vive y muere sin enterarse del marco cósmico de su sufrimiento. Y Dios no juzga necesario explicárselo. La fe bíblica madura confía sin entender. Y esa confianza es la marca de quien la ha probado en carne propia.

El Salmo 88 termina sin resolución. Es el único salmo del Salterio que cierra en oscuridad, sin la fórmula consoladora habitual. "Has alejado de mí al amigo y al compañero, y a mis conocidos has puesto en tinieblas" (Salmo 88:18). Punto final. La inerrancia bíblica incluye, sin contradicción, este grito sin sutura. Dios inspiró que ese poema entrara al canon precisamente para que el sufriente sin respuestas tuviera dónde ponerse a llorar con la Escritura abierta. Si tu Biblia te ofrece sólo himnos triunfales, no es la Biblia que Dios escribió.

Lamentaciones, atribuido a Jeremías, dedica cinco capítulos a la destrucción de Jerusalén con un dolor que no se disuelve en consuelo. "Mis ojos desfallecieron de lágrimas, se conmovieron mis entrañas" (Lamentaciones 2:11). El profeta llora primero, teologiza después, y al final del libro la pregunta queda abierta: "¿Por qué te olvidas completamente de nosotros, y nos abandonas tan largo tiempo?" (Lamentaciones 5:20).

Estos textos son, paradójicamente, el mejor consuelo para el sufriente cristiano. Dios no exige que la persona en duelo recite optimismos. Le da, por escrito y con autoridad canónica, permiso para gritar.

Lo que el evangelicalismo americano de los últimos cincuenta años ha ofrecido al doliente (versículos pegados en imanes de nevera, "todo pasa por algo", "Dios te dio esto porque sabe que puedes con ello") es traición a la Escritura, no fidelidad a ella. La consigna fácil hiere más al sufriente que el silencio. Recuérdalo: los amigos de Job fueron condenados por Dios mismo precisamente por esa teología de calcomanía (Job 42:7-8).

La Escritura ofrece como respuesta última al sufrimiento una persona, no un sistema doctrinal.

Y esa persona, en el momento decisivo de la historia, hizo algo que ninguna religión filosófica del mundo se atreve a postular. Bajó al sufrimiento. No se quedó fuera del dolor explicándolo desde lejos; lo atravesó hasta el fondo. La cruz romana fue tortura calculada por especialistas en degradar cuerpos. Y Dios encarnado la padeció hasta el grito final: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mateo 27:46).

C.S. Lewis lo formuló en El problema del dolor (1940) con una precisión que treinta años de cátedra inglesa no le quitaron: "Dios, que nos hizo, sabe lo que somos y nuestra felicidad reside en Él... el cristianismo dice que Dios mismo se ha hecho hombre para salvarnos del dolor mediante el dolor". Otras cosmovisiones explican el sufrimiento. El cristianismo lo comparte.

El Cristo crucificado es el único Dios que un sufriente puede mirar a los ojos. Buda enseñó técnicas para escapar del dolor. Mahoma transmitió un código para sobrellevarlo. Cristo lo bebió hasta la última gota.

Si tu pregunta es "¿dónde estaba Dios cuando mi hija agonizaba?", la respuesta cristiana, dura y sobria, es esta: Dios estaba en la misma agonía, treinta y tres años de su encarnación se dirigieron precisamente hacia un madero donde tomó sobre sí toda la suma del mal cósmico para deshacerlo desde adentro. Su silencio en tu cuarto del hospital no fue indiferencia. Fue la presencia de Aquel que ya pagó el rescate y que está conduciendo la historia hacia el día prometido en Apocalipsis 21:4: "Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron".

Esa promesa funciona como ancla, lejos del opio que el escéptico denuncia. Y el ancla, para ser ancla, tiene que estar enclavada en algo más sólido que tu situación actual. Está enclavada en la tumba vacía. Sin resurrección, la promesa es ruido. Con resurrección, la promesa es derecho legal sobre el futuro del cosmos.

Harold Kushner, en Cuando a la gente buena le pasan cosas malas (1981), intentó consolar a quien sufre sacrificando la omnipotencia divina: Dios, escribió, es bueno, pero no todopoderoso, y por eso no puede impedir todo el mal. Ese consuelo barato debe desmontarse sin sentimentalismo. Un Dios que no puede ha dejado de ser Dios. Queda apenas como compañero impotente. Y un compañero impotente puede acompañarte en la tragedia, pero no puede prometerte resurrección. La diferencia, cuando llegas al lecho de muerte, no es académica.

Te lo digo sin adorno: el cristianismo no te promete una vida sin dolor. Te promete un Dios que entró al dolor, lo derrotó en la cruz, y volverá a cerrar la herida cósmica de manera definitiva. Mientras tanto, "la creación gime" (Romanos 8:22), y tú con ella. Pero el gemido tiene fecha de caducidad.

Falta una pieza, sin embargo. Hablar del mal apenas como herida exterior parte el problema por la mitad. El mal acampa en huracanes y dictadores, sí. También acampa en tu pecho. La envidia que te visitó esta semana, la mentira que dijiste sin necesidad, el resentimiento que acaricias contra quien te lastimó: son la otra cara del problema cósmico. La Escritura es despiadada en este diagnóstico. "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?" (Jeremías 17:9). Cualquier teodicea que se ocupe del mal del mundo y olvide el mal del corazón humano falla en la mitad de su tarea.

Por eso la cruz hace más que ofrecer el ejemplo consolador del Dios que sufre contigo. Funciona como sacrificio expiatorio: pago jurídico por el mal que tú produces, además del mal que te lastima. Y el efecto que la Biblia promete a quien se rinde a esa cruz tiene un nombre técnico que el evangelicalismo a veces silencia por miedo a parecer fanático: regeneración. Nuevo Nacimiento. "Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas" (2 Corintios 5:17). Eso significa que el mal será extinguido del cosmos en el día final, sí, y ya está siendo extinguido del corazón del creyente desde el momento en que cree. La teodicea cristiana, llevada al fondo, opera como cirugía sobre el alma humana, además de explicación del cosmos. Ninguna otra cosmovisión siquiera intenta esa operación.

X. Conclusión: la queja invoca a Aquel que niega

La objeción clásica contra Dios, desde Epicuro hasta Mackie, supone una premisa que rara vez se examina: que el mal es objetivamente real. Esa premisa no flota en el aire. Exige un estándar moral objetivo, vinculante, trascendente, personal. Y ese estándar, examinado hasta la raíz, lleva el nombre del Dios que la objeción pretendía refutar.

El materialismo consecuente, cuando es honesto (Dawkins, Nietzsche, Iván Karamázov), reconoce que en su universo no hay mal: hay sólo procesos. El materialismo inconsecuente, que es el dominante hoy, denuncia el mal con vehemencia mientras se aferra a una metafísica que vacía la denuncia de contenido. Una contradicción no acredita fuerza intelectual. Pesa como pasivo pendiente de saldar.

El mal moral encuentra explicación en la libertad genuina con que Dios dotó a Sus criaturas. La libertad capaz de amar es necesariamente libertad capaz de odiar. La objeción de Mackie pide círculos cuadrados, libertad sin posibilidad de mal, y se desploma sobre su propia incoherencia.

El mal natural encuentra explicación en una Caída cósmica histórica. La creación originalmente "muy buena" sufrió una corrupción real al pecar Adán. Toda la creación gime. Esa corrupción es la lectura llana del Génesis y el sustento de toda la doctrina paulina del pecado y la redención. Reducirla a metáfora o a ajuste teológico borra el cimiento.

La objeción del "demasiado" sufrimiento exige del ateo una omnisciencia que él mismo niega. Para declarar que el dolor del mundo excede cualquier propósito posible, hay que conocer el plan completo. El ateo no lo conoce. Lo cual deja la objeción donde empezó: como queja, no como argumento.

Y en el centro de todo, no como pieza de un sistema sino como hecho histórico, está la cruz. El Dios cristiano no se quedó fuera del problema del mal. Entró. Se dejó clavar. Bebió la copa hasta el fondo. Y al tercer día rompió la tumba, garantizando que la herida del cosmos será cerrada.

El cristiano puede explicar el mal, y lo hace. La pregunta es si el ateo puede sostener su queja sin pisar, mientras la pronuncia, el suelo que sólo el cristianismo le ofrece.

Cuando levantas el grito "¡esto está mal!", estás invocando algo más antiguo que el universo y más alto que tu opinión. Estás apelando a una norma que no puede provenir de la materia. Estás citando, sin saberlo, al Legislador moral del cosmos.

El problema del mal no derrotó a Dios. Lo presupone. Y, bien examinado, lo proclama.

El día que ese hecho pese sobre tu pecho (porque te dolió, porque enterraste a alguien, porque la noticia te quebró), recuerda esto: la queja en sí misma es un acto religioso. Es la creatura llamando al Creador a rendir cuentas. Y el Creador sí responde. Responde no con argumento, sino con un Hijo crucificado y resucitado que llevó tu mal sobre Sí mismo.

Esa respuesta, ofrecida en el Calvario hace dos milenios, sigue en pie. Y será la última palabra cuando la creación entera deje de gemir.

Te queda una decisión. Puedes seguir levantando la queja contra Dios mientras tomas prestado el suelo moral que sólo Él te provee. O puedes rendirte ante el Crucificado que ya pagó tu mal y abrió la puerta del Nuevo Nacimiento. La rendición tiene un nombre bíblico: arrepentimiento. Y a quien la lleva a cabo, la Escritura promete una limpieza que ningún terapeuta y ninguna filosofía pueden entregar (1 Juan 1:9).

La pregunta de Cristo a tu pecho esta tarde excede el tema filosófico. No quiere saber si entendiste el problema del mal. Quiere saber si confías en Quien lo cargó por ti.


Fuentes Consultadas

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